Sin imágenes

miguel scheroffLa galería de arte Renace abrirá sus puertas mañana martes, 15 de febrero, de la mano de Patricia Galgani, su directora, a la exposición ‘El amargo silencio tras la debacle’, producida por Miguel Scherofe y comisariada por Javier Ubieta. 

Es fácil caer en la tentación de creer que la obra de Miguel Scheroff porfía en fundamentarse con una serie de argumentos reiterados que podrían resumirse en su inquietud por reflexionar y responder a la pregunta sobre el papel del ser humano dentro del entorno que le circunda. 

La fuente original de esta recurrencia obsesiva nace de los recuerdos de una infancia y adolescencia estrechamente ligadas a un entorno en el que la caza de montería o la matanza eran -y siguen siendo- actividades comunes, y también de su repulsa hacia esas celebraciones con visos de rito. 

Sucede, sin embargo, que la cronología es un factor fundamental a la hora de ir posicionando la obra de un artista que, junto con cada muestra, establece el preludio de un formato narrativo sobre el que articula un discurso vasto y polisémico que gira en torno a los deshechos de un mundo en constante fragmentación. 

La exposición
Con ‘El amargo silencio tras la debacle’, Miguel Scheroff establece un revival en su sistema de imágenes, opta por descubrir un nuevo canon analítico, y construye y proporciona una pauta que desempeña un papel determinante en el devenir de los acontecimientos que revelan sus obras de arte. 

Se trata de proyectar una afilada mirada sobre las representaciones de lo real, valiéndose de múltiples ilusiones y simulacros. Si algo cautiva de estas obras es el modo discursivo y cognitivo que presentan. La reflexividad emparenta la atrocidad con la inocencia, la convulsión con la pausa, el cataclismo con la gloria. 

Scheroff se apodera de las fronteras extremas del pensamiento para instar al espectador a constituir su particular quimera y el resultado es conmovedor gracias al dominio y despliegue de unos principios estéticos que conforman un decálogo pictórico personalísimo, y que expresan vivamente la simultaneidad de todos esos conceptos contrapuestos y cohabitantes, que no dejan de ser un reflejo de una forma de vivir y sentir subdividida en compartimentos comunicados por infinitas líneas interpretativas, en ocasiones muy lejanas a la pura explicitud. 

El dolor, el deseo y el peso de la culpa rebanan con una precisión extrema los cimientos de la indolencia. La lucha y el arrojo se baten en duelo con la falta de esperanza. El calvario de asistir a la muerte de los congéneres se muestra sin recato. Y la fascinación con la que la paleta saturada de color de Miguel Scheroff se despliega ante la barbarie, acaricia la masacre con una intensidad dramática y un despliegue emocional tan soberbios que consigue un efecto sensorial de shock capaz de señalar con un solo punto ese emplazamiento donde el aliento se suspende por instantes para luego volver. O no.